Del escenario a la disco
Gabriel Villota Toyos

Cuando alguien me cuenta el último concierto de Rock en el que ha
estado, y trato de visualizarlo mentalmente, la primera imagen que me viene es la
de una estructura triangular, de amplia y firme base, que tiene como
vértices inferiores a los guitarristas (más exactamente bajista y
guitarrista, en la formación clásica) y como vértice
superior -aunque desplazándose hacia el fondo, en perspectiva- el
batería, junto con el complejo dispositivo de platos, tambores y hierros
varios que normalmente le rodea. No puedo recordar ahora lo que dicen los
manuales sobre percepción visual y gestalt de las formas acerca de dicha
estructura triangular, y los significados que puede haber implícitos tras
ella, referidos en este caso a esta escenificación prototípica del
Rock (en cualquier caso una cierta relación de poder vendría ya,
antes que nada, servida en bandeja y determinada a partir de la propia
disposición del escenario por encima de nuestras cabezas).
Claro está que, a ese arquetipo triangular en estado puro, como primera imagen
un tanto abstracta, enseguida habremos de añadirle algunos detalles que le
confieran un aspecto más real: de este modo los vértices se
encarnan y se ven dotados de una gran movilidad (incluso el superior, en una
especie de ebullición continuada pese a verse, por otro lado,
inexorablemente fijado al suelo) que convierte a nuestro triángulo en una
figura tremendamente dinámica y expresiva. Justo entre medio de esas tres
líneas móviles de energía que conforman el triángulo,
aparece un punto también móvil, pero de especial brillo e
intensidad, que pronto absorbe la mayor parte de nuestra atención: es el
cantante, quién se convierte en paradigma personalizado del conjunto de
relaciones, fuerzas y vibraciones diversas que en ese especialmente intenso
instante, el aquí y ahora por excelencia de nuestra cultura que es el
concierto de Rock, se desatan. El cantante es la parte especialmente brillante
del todo orgánico que conforma al grupo (ahora plenamente visible
éste en su carnalidad, más allá de la estructura
básica de la que partíamos). Pero también pasa a convertirse
por otro lado en una suerte de sinécdoque humana, al encarnar en su
persona todo el conjunto (de músicos, sonidos, objetos, escenario,
escrituras y textos) al que pertenece, como una parte más.
En este sentido el grupo de Rock, y más en particular el héroe-vocalista,
se comporta de una forma totalmente coherente con la cultura posmoderna,
fragmentada, en la que podemos contextualizarlo. Es frecuente, diríamos
incluso hegemónica, la tendencia a representar el todo por la parte (o
más concretamente, la parte como un todo en sí mismo) en la cultura
icónica contemporánea; sólo hace falta pensar en la
representación del cuerpo humano predominante en la publicidad, la
pornografía o la moda, por poner tan sólo algunos ejemplos de
discursos en los cuales determinadas partes del cuerpo, o funciones, se aislan
del conjunto y pretenden convertirse en fragmentos autónomos, con vida
propia.
1. Tres discursos, por otro lado, en nada distantes del mundo del Rock, y
más en particular de su comercialización, promoción y venta
a través de lo que ya desde los ochenta se ha convertido en
vehículo perfecto para todo ello: el videoclip. Allí se juntan,
efectivamente, los mecanismos de marketing propios de la publicidad, que en
correspondencia con los tiempos que vivimos, basa gran parte de sus recursos en
la explotación del culto al cuerpo: sin llegar a ser explícitamente
pornográfico en ningún momento (no podría ser de otro modo,
teniendo en cuenta que dichos vídeos promocionales han de ser emitidos
básicamente por las cadenas comerciales de televisión) sí
que abusa de una suerte de erotismo (calculado, dosificado y situado con tal
exceso de estrategia y premeditación -cuando no alevosía- que
difícilmente debería ser considerado como tal), y en definitiva,
marca unos patrones obvios referidos al mundo de la moda, en su sentido
más amplio: bien fácil es comprobar la conexión que se
establece entre determinados estilos musicales y sus correspondientes formas de
vestir y demás aderezos que conforman un modo de vida (prefabriacado),
tanto, como decimos, a través de la televisión como de otros medios
de formación de masas actuales (radio, cine y revistas ilustradas,
principalmente). El ejemplo más reciente, en cuanto a implantación
y extensión, habría sido la llamada moda -o estilo?- grunge, que
ha consistido en inventarse una capital musical -Seattle-, un tipo de
música -escasamente novedoso, por otro lado-, películas en las que
funciona como telón de fondo ambiental -Singles- y una forma de vestir y
de entender la vida -véanse reportajes de moda grunge en Dunia, Woman o
Cosmopolitan-.
2. Si hasta este momento hemos venido usando en este artículo de forma
exclusiva el género masculino, se debe al hecho de que, pese a la
innegable existencia de meritorias experiencias femeninas en el mundo del Rock,
los valores arquetípicos que en éste se respiran son esencialmente
masculinos y la mayoría de las veces abiertamente sexistas. El cantante,
como encarnación del grupo y del mundo al que éste pertenece, ha
venido a catalizar con frecuencia los valores que allí entran en juego, y
se ha convertido en una especie de mito sexual patriarcal, basado en el antes
citado culto al cuerpo y al individuo (joven, varón, sensible, solitario,
incomprendido): todo ello propiciado por su privilegiada presencia -central,
elevada- sobre el escenario. Este aspecto fundamental de la puesta en escena del
Rock no fue en su día cuestionado siquiera por el surgimiento del Punk,
pese al revulsivo (no sólo artístico, sino incluso
sociológico) que su aparición supuso en la música de las
últimas décadas: aunque convertido ahora en antihéroe, el
cantante (y el grupo Punk) reafirmaban -por negación- esa dominio de los
valores patriarcales en su música y en su actitud estética. En ese
aspecto, como en otros muchos, el Punk demostró continuar la
tradición musical del Rock blanco de los sesenta, pese a su aparente
contestación nihilista de la misma. Sí que hubo, sin embargo, y por
esas mismas fechas, un episodio fundamental dentro de la música moderna
que cuestionó seriamente esa mirada machista predominante en la escena
Rock, y que conllevó precisamente un cambio escénico de enorme
trascencencia: nos estamos refiriendo al surgimiento, a mediados de los setenta,
de la música Disco.
"La disco music (...) supuso la sublimación del concepto warholiano del
pop: en su escena cualquiera podía ser estrella durante un cuarto de
hora, el cosumismo cobró categoría de arte, y viceversa. Antes
aún que el Punk, ganó el derecho a hacer discos y triunfar para los
no-músicos: bailarines de todo el mundo acabaron moviéndose con
las grabaciones de travestidos (Amanda Lear), estrellas del porno (Andrea True) o
starlettes (Britt Ekland)." (Patricia Godes, "La fiebre discotequera", en
"Historia del Rock", El País, 1987)
Nacida de los guettos gay norteamericanos, sobre todo de aquellos frecuentados
por jóvenes negros y latinos, la música Disco supuso efectivamente
un respiro y una liberación para muchos jóvenes. Si en un principio
puede decirse que el público consumidor y partícipe de esta nueva
cultura Disco estaba formado por homosexuales varones de clase media-baja, pronto
su influencia se extendería a personas de toda condición sexual y
social (es la Fiebre del Sábado Noche), que no podían sentirse
identificadas por más tiempo con los mitos de Rock; este giro se traduce
en primer lugar en un auténtico y revolucionario cambio en la escena en la
que hasta ahora se había venido desarrollando la música. Del
escenario elevado sobre el que se desenvolvía esa dinámica
estructura triangular que es el grupo de Rock, y frente al que -y bajo el cual-
se situaba el público, pasamos sin apenas transición a la pista de
baile de la discoteca, donde el grupo musical ha desaparecido y ha sido
sustituido, no tanto por el discjockey (que permanece normalmente en la sombra),
como por el propio público, convertido ahora en protagonista máximo
de la música con su baile. Pronto surgirá no obstante toda una
mitología renovadora alrededor de este fenómeno, que
encontrará en ciertas mujeres, por vez primera, el nuevo modelo
estético y erótico de la época, frente al hasta entonces
casi exclusivo dominio del varón: son las llamadas divas de la
música Disco (Funky Divas, Disco Divas), intérpretes femeninas,
habitualmente negras, y dotadas de sobrados recursos vocales y rítmicos,
sin cuya presencia sería difícil entender el desarrollo de la
música moderna a partir de entonces. Como auténticas diosas
paganas, estas mujeres se convertirán en referencia fundamental para un
buen número de jóvenes que se enfrentan a una sociedad en quiebra,
lo cual comienza a resultar especialmente palpable en dicha década de los
setenta. Es razonable, en ese orden de cosas, que nuevos patrones
eróticos, estéticos y éticos sustituyan a unos mitos
sexuales -patriarcales- ya caducos; que sean a partir de entonces un valor en
alza la androginia, o una actitud escénica admirada el travestismo.
3. En este sentido, la música Disco no sólo funciona como un
custionamiento del concepto patriarcal implícito en el Rock por la
renovación de los valores sexuales que introduce, sino también, y
al mismo tiempo, por el cambio en la producción de la música y en
su consumo que al principio hemos señalado: frente a una manera de concebir la
música -la del Rock- más cercana a la idea de 'Obra', de la que es
indisociable la idea de 'Autor' (sea éste el cantante, el guitarrista, o
cualquiera de los componentes, pues el grupo entero podría decirse que
funciona como 'Autor' en este caso), la música Disco supone un fuerte
cuestionamiento de ambos conceptos, al plantear un producto musical claramente
alejado de las coordenadas de la 'autoría' (pues no se sabe bien
dónde comienza o acaba ésta; si en el productor que diseña el
sonido de la canción, los músicos que la graban, las cantantes que
la interpretan, el discjockey que la pincha, las gentes que la bailan), y con una
obra no definitiva (continuamente sometida a revisiones y cambios, como los de
las versiones para los maxi-singles, y posteriormente los remixes -remezclas- de
los temas), que en la década de los ochenta encontrará su
máxima expresión en la aparición de los samplers,
instrumentos electrónicos que permiten diseñar nuevos productos
basándose exclusivamente en la 'citas' a obras anteriores ya existentes:
nada más cercano, si bien se mira, a la deconstrucción del concepto
de 'obra' y 'autoría' modernistas que a finales de los sesenta preconizara
Roland Barthes, y su sustitución por un trabajo 'textual', sumidero de
diferentes 'textos' musicales y en continuo proceso de cambio2. Teniendo en
cuenta que el 'Autor' del que nos hablara Barthes se sustenta en un concepto
patriarcal y autoritario, el hecho mismo de poner en duda su validez a
través de mecanismos como los que aporta la música Disco supone ya
de por sí un cuestionamiento de la representación sexual que
subyace a las diferentes formas musicales predominantes, en este caso en el Rock.
Pese a que la raíz y el feeling de la música Disco proviene y se
desarrolla fundamentalmente en el contexto de la cultura negra afroamericana,
sería no obstante simplificador en exceso sacar como conclusión que
nos hallamos ante una cultura-musical-anglosajona-patriarcal, enfrentada a otra
cultura-musical-afroamericana-matriarcal. No hace falta más que comprobrar
los parámetros en los que hoy mismo se mueve la música negra
más viva (derivaciones actualizadas del Soul, y Hip-Hop,
fundamentalmente): los más patéticos tópicos sexistas y el
machismo más burdo campan a sus anchas tanto en los textos como -de forma
especial- en las imágenes promocionales de las canciones de actualidad (Y
esto no está del todo alejado del retorno a formas de
representación social que creíamos superadas, entre ellas,
curiosamente, la idea de la 'Autoría'). Y en el sentido contrario,
podría hablarse también de una cierta renovación en la
imagen masculina del Rock, con la aparición, desde mediados de los ochenta
principalmente (aunque ya había habido precedentes notables), de un buen
puñado de grupos formados exclusivamente por mujeres, decididas al parecer a
abordar sin tapujos las vertientes estilísticas más afiladas y
salvajes del Rock, y propiciando de este modo un cambio perceptual y conductual,
por lento que sea, en la audiencia. (Desde asociaciones como las Riot Grrrls,
bajo cuyo nombre se afilian gran parte de estos grupos femeninos, puede estar
abriéndose la posibilidad de trazar un recorrido paralelo al realizado por
grupos de mujeres artistas desde finales de los setenta hasta la fecha, como por
ejemplo las Guerrilla Girls, en un deseo de cuestionar no sólo el papel de
la mujer en el mundo del arte, sino también el género
implícito en la mirada predominante del arte masculino). Por ello hemos de
concluir una vez más que no se trata tanto de diferenciar culturas
'buenas' o 'malas', ni estilos o géneros 'mejores' o 'peores',
sino de tomar consciencia en todo momento de que los modos de
representación -icónicos, verbales o musicales- nunca son neutros;
ni en el concierto de Rock ni en la pista de la discoteca.

Publicado por OFF vídeo número 3: Imagen Rock, Donostia 1993