El desfile de los cuerpos
Gabriel Villota Toyos

Desfilan los cuerpos por la pasarela. Cuerpos de mujeres y de hombres, pero casi
siempre cuerpos de mujeres. Desfilan también por las páginas de
miles de revistas, y cada día las miramos sin prestarles -ésto es
cierto- demasiada atención: como quién mira llover. Sin embargo, a
veces consciente, a veces inconscientemente, las admiramos, las adoramos en su
mágica distancia (a través de tantos esfuerzos y privaciones
obtenida, conquistada). Se convierten en paradigma de cómo entendemos el
Cuerpo (cómo lo deseamos, cómo lo idealizamos ) en la sociedad
contemporánea: O también de cómo lo vendemos, para recuperar
el alma que vendió Fausto al diablo, sin que éste nos devuelva a
cambio nada. Así como el Fausto recreado por Goethe vende su alma al
diablo para conservar su juventud -el cuerpo-, y abre una nueva época de
valores trastocados -el Romanticismo- que hasta el siglo XX perdura, la
renovación de este mito exigiría la necesaria recuperación
por parte de Fausto del alma perdida, lo que en el presente cree que
logrará vendiendo su Cuerpo: De ahí la insólita
fragmentación contemporánea de éste en sus diversas
funciones.
Un cuerpo vendido al Diablo a trozos, pero sin recuperación
posible del Alma perdida, ya que, como el propio Goethe nos dice en Las
afinidades electivas, es el "lazo espiritual" el que hace que las diversas
partes constituyan un todo unitario: En la fragmentación del cuerpo en sus
diversas funciones podríamos ver, por tanto, la ausencia de ese lazo
espiritual, la permanencia del alma en manos del Diablo, que no está
dispuesto a soltarla. También parece hacer uso de esa misma subasta
contemporánea del cuerpo humano la pornografía: Cuerpos
fragmentados en este caso que no se manifiestan como un todo-orgánico,
sino constituido desde sus partes, que se han rebelado-autonomizado de la
jerarquía que las sometía al conjunto.
Nos cuenta Juan Luis Morazaen Arlma -pg. 12-; El proyecto contemporáneo,
la cotidianeidad, la política, desarrollan aún más la
estirpación hebraicocristiana del cuerpo, y acaban finalmente por restituír
al hombre a su condición original, , negándole el cuerpo al afirmar y
abastecer sus funciones corporales en el estado social...Ello se radicaliza en la
cultura del llamado Culto al Cuerpo, que es más bien el culto a las
funciones corporales. Tal y como la mujer perfecta de la publicidad es resultado
de la voz perfecta de una mujer que no vemos, el rostro perfecto de otra mujer
que no oímos, el torso perfecto de otra mujer que no sentimos. Es
semejante a una venus aziliense, concebida también como montaje de
funciones corporales, que haya perdido incluso su representación como
cuerpo. Similar a la imagen pornográfica -como receta de felicidad- pero
también a la imagen sublime del eterno femenino -como promesa de
felicidad-. Cada una de esas mujeres-fragmento es la hiperrealización de
una función corporal que ha perdido el cuerpo.
Gran parte de la Crítica de nuestro tiempo -incluída la Feminista-
ha visto en la pornografía, en consonancia con algunos de los sectores más
reaccionarios de la Sociedad, una de las más aberrantes formas de la
imagen, en cuanto que, por medio de la citada fragmentación, degrada y
cosifica el cuerpo de la mujer: como si detrás de estas imágenes
trozeadas hubiera algo realmente diabólico. Román Gubern, en la
revista Nosferatu n¼2, Y la luz se hizo sexo, pg. 23: Las feministas radicales se
alzaron en armas contra un género al que acusaban de degradar el cuerpo de
la mujer, convergiendo así en sus críticas con las peticiones de
censura de la derecha conservadora. Se trató de un juicio
esquemático y precipitado.(...) A principios de los años ochenta,
inquietas por su convergencia moral con la derecha conservadora y antiabortista,
algunas feministas se replantearon a fondo el asunto de la pornografía,
como hizo Ellen Willis en su esclarecedor artículo Sexual Politics (1982).
Muchas veces sin embargo los argumentos utilizados parecen buscar otras razones
que los aparten de los puramente conservadores. Así Barthes, en su libro
La cámara lúcida, alude a la presunta obviedad de la
fotografía pornográfica para desinteresarse por ella, afirmando que
ésta "es una foto siempre ingenua, sin intención y sin
cálculo.
Como un escaparate que mostrase, iluminado, una sola joya; la
fotografía pornográfica está enteramente constituida por la
presentación de una sola cosa, el sexo; jamás un objeto secundario,
intempestivo, que aparezca tapando a medias, retrasando o distrayendo." Claro
es, aquí Barthes lo único que nos muestra es su propia
miopía y/o obcecación a la hora de mirar estas imágenes, su
incapacidad personal para trascender la visión de un sexo que parece
perturbarle, para descubrir esos otros mundos que, por qué no,
también allí se encuentran: No hay acaso interés (y
Punctum, según su propia terminología) en esas ingles sin depilar
de esta foto, de las uñas mal pintadas en esa otra? No podemos
plantearnos preguntas detrás de ese gesto de espanto congelado en el
rostro de la modelo, o tras la caries que nos muestra su boca abierta? O
aún más: Quienes se esconden tras esas máscaras de placer?
Cómo son cuando realmente gozan? Gozaban, quizás, en el momento
captado por la foto que yo veo, de veras?
Nadie, por el contrario, ha hablado demasiado sobre la fotografía de moda
como ejemplo de "objeto erótico hecho a la medida del deseo masculino "(4. Giulia Colaizzi.
La Mirada Femenina, Vitoria 90, pg. 32 ); sin embargo, aunque la mayoría de
esas fotografías nos muestren aparentemente los cuerpos en su integridad
(en su, a veces insultante integridad ), hay en ellos, sobre todo en sus rostros,
una especie de carencia, que diríase denotara esa ausencia del alma
vendida al diablo, como otra forma de fragmentación; cuerpo sin verdadera
sustancia, sólo cáscara. De hecho, podríamos ver ambos tipos
de imágenes como procedentes de una misma actitud, como si en realidad la
diferencia entre ellas tan sólo se cifrara en un antes y un después
de esos mismos cuerpos rotos, incompletos, monstruosos. Moraza, Seis sexos de la
diferencia, pg. 107: La domesticación del animal, del extranjero, del
pagano -de la mujer, nos permitíamos añadir- sustituye el cuerpo
por la esencia funcional, en un desmontaje de funciones corporales, en una
maquinación.
También Moraza, en Arlma, pg. 12: El Body-builder, el
culturismo, y el monstruo antiguo comparten este desmontaje del cuerpo y montaje
de una segunda naturaleza de funciones corporales. En todas las representaciones
clásicas del monstruo, aparece como un montaje ecléctico de
fragmentos diversos (...) Dara Birnbaum en su trilogía videográfica
sobre la condenación de Fausto (Damnation of Faust, 1983-1987) nos propone
un Fausto convertido en mujer: Si, como decíamos más arriba, el
Fausto contemporáneo y posmoderno se habría convertido en el
inverso del de Goethe, en cuanto que vende al Diablo su cuerpo a trozos para
recuperar el alma que vendió su antecesor, no deja de tornarse cruel
paradoja la propuesta de la artista norteamericana, aunque también
tremendamente aguda y certera. Es el cuerpo del Fausto-Mujer el que vendemos
-principalmente- cuando fue el alma del Fausto-Hombre la pactada con
Mefistófeles (un alma masculina, por tanto, la perdida). ÀEs que se sigue
considerando, a la luz de este cruzamiento de líneas, a la mujer como un
ser desalmado aún hoy en día? (6.Caroline Walker Bynum, El cuerpo
femenino y la práctica religiosa, pg. 165: En comparación con otros
periodos de la historia del cristianismo y con otras religiones del mundo, la
espiritualidad femenina era (en la Edad Media) particularmente corporal, hecho
que no sólo se explica porque las creencias comúnmente admitidas en
la Edad Media asociaran a la mujer con la carne (...). El mismo artículo,
pg. 178: No cabe tampoco la menor duda de que la tradición
teológica, científica y popular asociaba a las mujeres con el
cuerpo, la lujuria, la flaqueza y la irracionalidad, mientras que identificaba a
los hombres con el espíritu, la razón o la fuerza.(...) los
hagiógrafos eran propensos a ver en los pecados de las mujeres una
naturaleza corporal o sexual considerándolos como si provinieran del
interior de su cuerpo, mientras que se representaba a los hombres pecadores como
seducidos desde fuera -frecuentemente tentados de hecho por la corporeidad que la
mujer les ofrecía-).
La imagen pornográfica y la imagen de moda se nos muestran, en definitiva,
como dos caras de una misma moneda; Una de ellas es, sin embargo, la única
socialmente aceptada, e incluso convertida en modelo estético de
comportamiento (y por ende ético -Culto al Cuerpo-, pues parece la
estética convertirse en patrón moral hoy en día). Mientras,
la otra es reprobada éticamente, y de ello se deduce también cierta
condenación estética de sus formas y maneras: La supuesta
vulgaridad de la pornografía, la obviedad -o el carácter unario- de
la que el propio Barthes, como antes veíamos, le acusaba. No obstante,
ambas parecen compartir esa práctica común en nuestro tiempo de
fragmentación del Todo/Cuerpo -y es entonces cuando podemos hablar de
cosificación-, por la enajenación de sus diversas Partes/Funciones,
en ausencia del Alma que debiera unificar, jerarquicamente, dicho cuerpo como
estructura orgánica. Y ambas se convierten así en claros
indicadores del Tiempo que nos ha tocado vivir. (Signo de los Tiempos, o Signo
de los Tiempos de los Amos?) Desfilan los cuerpos huecos-incompletos por la
pasarela, y continúan desfilando por las páginas de miles de
revistas ante nuestra mirada pasiva, que no distingue ya entre la persona y su
imagen estereotipada: Para recuperar el Alma que empeñamos a
Mefistófeles habremos de buscar otros caminos, habremos de renovar el
Mito -Dara Birnbaum nos daba ejemplo- más allá de la ciega e
inútil explotación de nuestros-nuestro Cuerpo.

Publicado en el catálogo Bodies Parade, por Arteleku. Donostia 1992