Calvino por Calvino
Jorge Castro Vega y Héctor García Sánchez
Italo Calvino (1923-1985) es uno de los pesos pesados de la
literatura de nuestro siglo. Prolífico y desconcertante, el incansable fabulador
italiano logró, en una obra extensa y sin altibajos, elaborar una multiplicidad
de mundos en los que el centro del multifacético abanico es una perfecta
combinación de intuición científica y precisión poética.
Tras cuarenta años de escribir ficción, tras haber explorado distintos caminos y
hecho experimentos diversos, ha llegado el momento de buscar una definición
general para trabajo; propongo ésta: mi operación ha consistido la más de las
veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los
cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo de quitar peso a la
estructura del relato y al lenguaje.
Las letras de la ciencia.
En el universo infinito de la literatura se abren siempre otras vías que
explorar, novísimas o muy antiguas, estilos y formas que pueden cambiar nuestra
imagen del mundo... Pero si la literatura no basta para asegurarme que no hago
sino perseguir sueños, busco en la ciencia alimento para mis visiones, (...) Hoy
todas las ramas de la ciencia parecen querer demostrarnos que el mundo se apoya
en entidades sutilísimas, como los mensajes del ADN, los impulsos de las
neuronas, los quarks, los neutrinos errantes en el espacio desde el comienzo de
los tiempos... Además, la informática (...) ÀEs legítimo extrapolar del discurso
de las ciencias una imagen del mundo que corresponda a mis deseos? Si la
operación que estoy intentando me atrae es porque siento que podría anudarse de
nuevo a un hilo muy antiguo de la historia de la poesía.
El retorno de los brujos.
Acostumbrado a considerar la literatura como búsqueda de conocimiento, para
moverme en el terreno existencial necesito considerarlo extensivo a la
antropología, a la etnología, a la mitología (...) No me parece forzado conectar
(la) función chamánica o de hechicería documentada por la etnología y el
folklore, con lo imaginario literario; por el contrario, creo que la
racionalidad más profunda implícita en toda operación literaria debe buscarse en
las necesidades antropológicas a las que aquella corresponde.
Diremos que, desde el momento en que un objeto aparece en una narración, se
carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo
magnético, un nudo en una red de relaciones invisibles. El simbolismo de un
objeto puede ser más o menos explícito, pero existe siempre. Podríamos decir que
en una narración un objeto es siempre un objeto mágico.
Si en una época de mi actividad literaria me atrajeron los folk-tales, los
fairy-tales, no era por fidelidad a una tradición étnica ni por nostalgia de las
lecturas infantiles, sino por interés estilístico y estructural, por la
economía, el ritmo, la lógica esencial con que son narrados. (...) la primera
característica del folk-tale es la economía expresiva; las peripecias más
extraordinarias se narran teniendo en cuenta solamente lo esencial; hay siempre
una batalla contra el tiempo, contra los obstáculos que impiden o retardan el
cumplimiento de un deseo o el restablecimiento de un bien perdido. (...) Es un
secreto de ritmo, una captura del tiempo que podemos reconocer desde los
orígenes: en la épica por efecto de la métrica del verso; en la narración en
prosa, por los efectos que mantienen vivo el deseo de escuchar la continuación.
(...) El cuento es un caballo: un medio de transporte, con su andadura propia,
trote o galope, según el itinerario que haya que seguir, pero la velocidad de
que se habla es una velocidad mental.
He apuntado siempre a la imagen y al movimiento que brota naturalmente de la
imagen, sin ignorar que no se puede hablar de un resultado literario mientras
esa corriente de imaginación no se haya convertido en palabra. Como para el
poeta en verso, para el escritor en prosa el logro está en la felicidad de la
expresión verbal, que en algunos casos podrá realizarse en fulguraciones
repentinas, pero que por lo general quiere decir una paciente búsqueda del mot
juste, de la frase en la que cada palabra es insustituible, del ensamblaje de
sonidos y de conceptos más eficaz y denso de significado. Estoy convencido de
que escribir en prosa no debería ser diferente de escribir en poesía; en ambos
casos es búsqueda de una expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable.
A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilente azota a la humanidad
en la facultad que más la caracteriza, es decir, el uso de la palabra; una peste
del lenguaje que se manifiesta como una pérdida de fuerza cognoscitiva y de
inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más
genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas
expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras
con nuevas circunstancias. (...) La literatura (y quizás sólo la literatura)
puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.
Una catedral para Calvino.
El libro en que creo haber dicho más cosas sigue siendo Las ciudades invisibles,
porque pude concentrar en único símbolo todas mis reflexiones, mis experiencias,
mis conjeturas, y porque construí una estructura con facetas en la que cada
breve texto linda con los otros en una sucesión que no implica una consecuencia
o una jerarquía, sino una red dentro de la cual se puedan seguir múltiples
recorridos y extraer conclusiones plurales y ramificadas.
ÀSerá posible la literatura fantástica en el año 2000, dada la creciente
inflación de imágenes prefabricadas? Las vías que vemos abiertas desde ahora
pueden ser dos: 1) reciclar las imágenes usadas en un nuevo contexto que les
cambien de significado. El postmodernismo puede considerarse como la tendencia a
hacer un uso irónico de lo imaginario de los mass media, o bien la tendencia a
introducir el gusto por lo maravilloso heredado de la tradición literaria en
mecanismos narrativos que acentúen su extrañamiento. 2) Hacer el vacío para
empezar desde cero. Samuel Beckett ha obtenido los resultados más
extraordinarios reduciendo al mínimo los elementos visuales y el lenguaje, como
en un mundo después del fin del mundo.
Que otros se jacten de las páginas que han escrito...
Pero quizás para explicar la adhesión que un autor suscita en cada uno de
nosotros, más que de grandes calificaciones categoriales es preciso partir de
razones más precisamente relacionadas con el arte de escribir. Entre ellas
pondré en primer lugar la economía de la expresión: (Jorge Luis) Borges es un
maestro del escribir breve. Consigue condensar en textos siempre de poquísimas
páginas una riqueza extraordinaria de sugestiones poéticas y de pensamientos,
hechos narrados o sugeridos, aperturas vertiginosas sobre el infinito, e ideas,
ideas, ideas. Para escribir breve, la invención fundamental de Borges, que fue
también la invención de sí mismo como narrador, el huevo de Colón que le
permitió superar el bloqueo que le había impedido, hasta los cuarenta años,
pasar de la prosa ensayista a la prosa narrativa, fue fingir que el libro que
quería escribir ya estaba escrito, escrito por otro, por un hipotético autor
desconocido, un autor de otra lengua, de otra cultura, y describir, recapitular,
reseñar ese libro hipotético. (...) Lo que más me interesa señalar aquí es que
con Borges nace una literatura elevada al cuadrado y al mismo tiempo una
literatura como extracción de la raíz cuadrada de sí misma: una "literatura
potencial".
Italo Calvino Jorge Castro Vega & Héctor García Sánchez Revista Cultural
Uruguaya "Graffiti".