Abeja Reina
Cuento por Fernando Tall
Para no hacer venir al camarero, señaló el plato de su vecino; el
mozo asintió y Adelina se sintió satisfecha de alivianar el trabajo
a ese pobre muchacho que no daba abasto con los pedidos. Además los
champiñones tenían buen aspecto y eran ideales para un día
invernal como ése. El camarero velozmente llegó a dibujar una
sonrisa de agradecimiento y le colocó el plato humeante sobre la mesa.
Ella pinchó un hongo y se lo metió en la boca. Inmediatamente lo
escupió, comenzó a dar unas arcadas y se puso pálida. Un
hilo de baba le cayó de la boca. En medio del trajín el mozo se
acercó con un fajo de servilletas de papel en la mano. -ÀQué? Àno
le gustan?- preguntó -. Son riñoncitos al jeréz. La
confirmación de la sospecha la puso más blanca aún. -No,
pensé que era otra cosa- contestó turbada -. Hágame el favor
de llevarlos. Y tráigame una compota de ciruelas. Bebió un sorbo de
agua y, tratando de no ser vista, hizo un buche con la idea de que no quede ni el
más mínimo dejo a riñón en su boca. Se sentía
molesta consigo misma: Àcómo había podido confundir un
champiñón con un riñón?. Estaba claro que el cocinero
los había cortado de manera que eran champiñones perfectos pero, Ày
el olor?. Miró el reloj: se le hacía tarde. En la oficina
tenía mucho trabajo. Por suerte enseguida apareció el camarero y,
mientras su paladar se dispuso a agradecer el sabor neutro de la compota, se
acordó de su jefe. Por una asociación con lo que le había
acabado de ocurrir, lo vio tomando el café que le servía todos los
días.
Pero la comparación carecía de validez: Adelina
había sentido náuseas, ganas de vomitar, mientras que su jefe
tomaba el café con gusto, hasta la última gota. En ese caso el asco
era un pensamiento que seguía perteneciéndole sólo a ella.
Hacía cinco años que todos los días depositaba su saliva
dentro de la tacita de porcelana. Algunas veces en forma abundante, otras en
menos cantidad a causa de la acidez estomacal y en alguna oportunidad lo
había hecho estando enferma, con gripe o incluso hasta incubando una
hepatitis. Ultimamente el líquido transparente se veía manchado de
rojo: eran sus encías, que estaban débiles. Pero su jefe no se daba
cuenta de nada y se lo tomaba todos los días, oscurito y con tres de
azúcar. Salivado el café, Adelina lo revolvía varias veces.
Los dos primeros años, al mismo tiempo que hacía esto, pedía
tres deseos; todos relacionados con la desaparición física de su
destinatario. Hasta que un día leyó en un manual de
filosofía oriental que aquel mal que deseamos para nuestro prójimo
tarde o temprano cae sobre nosotros. No repitió más el conjuro y
durante un tiempo estuvo preocupada pensando si alguna vez retornaría
sobre ella tanta maldición invocada. Hizo el cálculo exacto:
había repetido el maleficio unas quinientas setenta y tres veces.
Tal cifra le produjo cierto resquemor y la angustia la invadió durante unas
vacaciones completas hasta que, de vuelta en la oficina, olvidó el asunto.
De todas maneras, aunque con la mente libre de pensamientos oscuros, nunca
dejó de esputar. Un día una de sus compañeras la vio.
Adelina se puso roja de vergŸenza y Sofía, lanzando una carcajada, le dijo
algo que ya había escuchado alguna vez: -Tonta, no te das cuenta que no se
puede escupir al techo. Temió ser delatada; pero transcurrieron los
días y todo siguió como de costumbre: el hecho no pasó a
mayores. No obstante, ahora se cercioraba que nadie hubiese alrededor antes de
efectuar el escupitajo. Además, lo hacía rápido y con
fuerza, sin ni siquiera quedarse un ratito viendo como su secreción se
disolvía en el líquido oscuro. El señor Musciarelli, que
estaba en la parte de los archivos, cada vez que pasaba con la bandejita rumbo al
despacho del jefe le hacía un chiste picante: -ÀY a la noche como
hacés? Àte sacás los anteojos y te soltás el pelo para
servírselo?-. O casi siempre: -Está calentito el café? Pero
ella seguía su trayecto impávida. Cómo podía ser que
la gente confundiese el odio más absoluto con algo parecido al amor?.
Sería por una cuestión de intensidad?. Casi siempre trataba de
hacer oídos sordos, pero le resultaba difícil. Le dejó una
propina al camarero y salió con prisa rumbo a su edificio. Al llegar a la
oficina percibió un ambiente tenso y todos parecían estar algo
nerviosos, salvo el señor Musciarelli y Blanca que hablaban en voz baja en
un rincón, cuchicheando, y se reían. Pero Adelina estaba tan poco
comunicativa como de costumbre que no se interesó por ese clima
enrarecido. Se sentó en su silla y comenzó a escribir a
máquina. Afuerza de tener que copiar prácticamente lo mismo todos
los días, había desarrollado la capacidad de tipear y pensar en
otras cosas simultáneamente. Mientras su vista y sus manos se dedicaban a
repetir en forma exacta aquello que le era conocido, su mente podía volar
hacia lugares remotos o detenerse en asuntos cotidianos pero ajenos al trabajo.
Hoy, por ejemplo, en vez de decidir qué compraría al día
siguiente en el supermercado, tenía ganas de fantasear con sitios
distantes. Vio montañas, un bosque muy verde, una mujer con ropas
típicas que no podía precisar y una cascada. Enseguida se dio
cuenta que esas imágenes pertencían al folleto que le habían
dado los de la agencia de viajes de al lado. Le gustaba hojear esos paisajes pero
sólo para retenerlos en su mente. La posibilidad de estar inmersa en ellos
le producía temor. Sólo unas vacaciones se alejó de la
ciudad. Llegó a ir a las Cataratas del Iguazú con una amiga.
A decir verdad, los saltos de agua le gustaron, y ver esa tierra tan roja
también; pero el silencio que había alrededor del hotel, en medio
de la selva, terminó por angustiarla. No estaba acostumbrada al canto de
los pájaros y extrañaba el ruido de los coches. Al cuarto
día, antes de lo previsto, se volvió. Por eso, pensar en otros
lugares, no era en forma alguna un posible plan de vacaciones. Era simplemente
una distracción, que su mente dividida le permitía hacer. Pero, de
todas formas, se sentía algo cansada de tanta rutina aunque la idea de un
destino diferente al que transcurría dentro de esas dieciséis
paredes -las de su oficina y las de su casa- le producía tanto miedo como
un viaje a Bariloche. Tal era así que para despejar ese periódico
descontento se refugiaba en algo que había leído en el mismo manual
de filosofía que la había advertido sobre su mala conducta. Uno de
los capítulos -a su juicio el más interesante- relataba cómo
uno al morir en realidad no moría sino que se transformaba en otra cosa. A
partir de esta idea, podía barajar entonces distintas posibilidades para
su próxima vida. Y así lo hacía, quedándose casi
siempre a la hora de elegir circunscripta al mundo de los insectos.
Admiraba estos animales porque a pesar de su tamaño y fragilidad, siempre se
mostraban resueltos e inteligentes. Bastaba con mirar a las abejas: Àacaso
había otro ser que tuviese tan claro su destino y su misión en esta
mundo?. Sí, absolutamante decidida, para su próxima oportunidad
Adelina soñaba con formar parte de un riguroso y alegre panal. La idea de
transformarse en abeja la embriagaba y la liberaba en forma inmediata del
carácter algo gris que por momentos entristecía su existencia.
Miró el reloj: era la hora de servir al jefe. Se dirigió hasta la
cafetera y la enchufó. El agua comenzó a hervir. Una vez servido el
café lo escupió dos veces. Antes de llegar al despacho el
señor Musciarelli la detuvo: -ÀA dónde vas? Si el jefe no
está... Claro, cierto que vos no estabas: tuvo un infarto esta
mañana. Llamaron para avisar. AAdelina le temblaron las manos, la bandeja
se desequilibró y oyó la voz lejana de Musciarelli que
decía: -Si no te tomás el café dámelo a mí.
Fue hasta la pileta y tiró el líquido negro: se sentía
descompuesta. Respiró hondo y trató de aclarar su mente. Como le
decía siempre su única amiga Nélida, no tenía que
estar todo el tiempo pensando en cosas raras, y verse involucrada en lo que
había pasado era una tontería. Después de todo hoy un
infarto era cosa normal y con tanto trabajo hasta era previsible. Decidió
seguir escribiendo a máquina hasta las seis, como siempre.
Mientras recogían las cosas para irse, alguien dijo de comprar un ramo de flores
entre todos y llevarlo a la clínica. Otro mencionó que era mejor
una caja de bombones. Y ella se quedó última, como de costumbre,
con el fin de regar las plantas. Utilizaba este pretexto para no tener que
compartir el trayecto en colectivo con nadie de la oficina y en un día
como aquel, con lo que había ocurrido, tenía más motivos
para volverse esquiva. Pero no pudo cumplir con su tarea diaria. Una vez que se
fueron todos se quedó quieta junto al gomero, con la regadera en la mano,
completamente aturdida. La culpa comenzó a martillarle el cerebro
lentamente hasta que la presión sanguínea le inflamó las
mejillas y los brazos. Las piernas, todavía en estado normal, fueron las
encargadas de sacarla de ese ambiente minado de desgracia. Abandonó el
lugar dejando las macetas secas y las luces encendidas. Sólo a
través del acto reflejo llegó a dar una vuelta de llave a la
puerta. En la calle el aire fresco y el ruido de los coches no la calmaron. Se
puso peor. Se sintió mirada por la gente y creyó que un auto rojo
la seguía. Cuando llegó a la parada de colectivo sus colegas
estaban todavía ahí. Esta vez no había perdido tiempo
suficiente con las plantas y la coincidencia era inevitable. Fue Sofía la
que la vio venir y en un gesto de sorpresa algo desmedido le gritó
Qué hacés acá, Adelina? YAdelina, sin ver a nadie, no
escuchó su nombre sino otra palabra: asesina. Trató de huir. Sus
piernas nuevamente funcionaron independientes pero esta vez sin fortuna. No
llegó a cruzar la calle y curiosamente, tal vez a causa de tanto impacto
emocional en un sólo día, ninguno de los compañeros de
trabajo reaccionó en la forma que se espera en un momento así
Es más, Blanca y Sofía se precipitaron sobre un taxi para abandonar el
lugar en forma inmediata. Sin información alguna, el personal de la
ambulancia no pudo recurrir a nadie para identificar a la víctima. Al
día siguiente se hizo el velatorio. Fue su amiga Nélida la que se
encargó de los pormenores y el ataúd, dadas las circunstancias,
permaneci&o todo el tiempo cerrado. Sus compañeros de oficina mandaron una
corona de flores, esta vez por unanimidad, y la señora del jefe, olvidando
por un momento sus propias preocupaciones, hizo mandar un telegrama de
condolencias que tuvo a Nélida como única destinataria. Dos meses
después, antes de lo previsto, el jefe pudo retornar al trabajo y a pesar
de haber perdido bastante peso se lo veía muy bien. Todas las tardes una
nueva empleada entraba en su despacho en el mismo horario que antes lo
hacía Adelina. Pero sobre la bandeja no había más una taza
de café ya que a causa del infarto éste había sido prohibido
por los médicos. De ahora en más lo recetado era té,
preferentemente con unas gotitas de miel.
Fernando Tall