
A la Sombra de las Gambeteadas Inmortales
Ruy Castro
Traducido del portugués por Martín Odoriz y Raúl Rossetti.
En su teatro logró adaptar la
tragedia griega a las singularidades de esta capital. En las columnas que
aquí presentamos, extractadas de la compilación que Ruy Castro
seleccionó para su libro A la Sombra de las Gambeteadas Inmortales ( A
Sombra das Chuteiras Imortais), logra, utilizando el medio periodístico y
los recursos que éste propone, crear una liturgia que sobrepasa los
alcances referenciales de dicho género.
La Conveniencia de Ser Cobarde
Hace tiempo fui a la calle Barili a ver un juego de Fluminense. Y confieso:-
Siempre consideré que estaría tan lejana, utópica como
Constantinopla, Estambul oel Comisario General. Ya en la Avenida Brasil,
comencé a sentir una nostalgia yun exilio sólo equiparables a los
de Gonsalves Días, de Casimiro de Abreu. Conclusión:-
Recrudeció en mí un resentimiento contra cualquier especie de
viaje. Más, en fín, llegué y asistí al partido. En
los primeros treinta minutos, hubo de todo, rigurosamente de todo, menos
fútbol. Una vergŸenza de juego, uma pelada ao ar, que no valía
cinco centavos la localidad. Súbitamente ocurre un episodio inesperado,
un incidente mágico, que le confirió al match de quinta clase una
dimensión nueva y electrizante. Sucedió lo siguiente:- Un jugador
cualquiera espampó su pie en la cara de un adversario.ÀQué hizo el
juez? Arremetió, se precipitó como un élam de Robin Hood y
corrió a decir las últimas palabras al culpable. Entonces,
éste no le responde: -Abofetea al árbitro. Ahora, una cachetada no
es apenas una cachetada:- En verdad, es el más trascendente, el
más importante de todos los actos humanos. Más importante que el
suicidio, que el homicidio, y que todo lo demás. A partir del momento en
que alguien da una cachetada en la cara, incluye, implica y arrastra a los otros
en la misma humillación. Todos nos quedamos atrapados en la cachetada.
Acontece lo siguiente:- El sonido(!), de hecho, de todos los sonidos terrenales,
el de la bofetada es el único que no admite dudas, equívocos o
sofismas. Sí mis amigos:- Una cachetada silenciosa, una cachetada muda,
no ofendería a nadie, por el contrario: - Víctima y agresor
caerían el uno en los brazos del otro, en la más profunda e
inefable cordialidad. Es un estado infernal que valoriza, dramatiza, que la
torna irrescatable. Pues bien:- En la bofetada no faltó el detalle
auditivo. Más aún, el episodio no agotaría su horror.
Restaba el desenlace:- la huída del hombre. Pues el juez abofeteado no
tuvo medias tintas:- Le dio una patada. Convengamos:- Es contagioso un
pánico así, taxativo y triunfal, sin ningún disfraz,
ningún recato. Digo más, avergonzante, y enfatizo:-
Rarísimo y por demás inédito. De regreso, sólo el
heroísmo es afirmativo, es descarado. El héroe tiene siempre una
desfachatez única:- Se presenta como si fuese su propia estatua ecuestre.
Mas la cobardía no, no. La cobardía acusa una vergŸenza
convulsiva. Tengo un amigo que hace lo siguiente:- Llega a su casa, se encierra
en la alcoba, tapa el agujero de la cerradura y sólo entonces, en la
intimidad más rigurosa - golpea a su mujer. Mas, incrédulamente
afuera, a la luz del día, él es un compadrito, una suerte de Flash
Gordon, capaz de llevarse por delante coches de policía especiales. Pues
bien. Al contrario de otros cobardes, que esconden, que reniegan, que desfiguran
su propia cobardía - el juez corrió como un caballo de carrousel.
Nótese: Existe hoy toda una monstruosa técnica de
divulgación, que torna imposible cualquier forma de sigilo. Y luego, la
imprenta ola radio instigarán al árbitro. Esa cobardía
fotografiada, irradiada, televisada, se proyectará irreversiblemente. Y
cuando, enseguida la policía fue aproteger al árbitro, éste
aún se mordía los dientes, aún babeaba materialmente su
terror. Acabado el match, la multitud lo vio pasando, como algo fluvial en su
lerdo recogimiento. Mas, todos nosotros, que sólo conseguimos ser
cobardes a escondidas, teníamos envidia, despecho e irritación de
esa vulgar miseria que se eventualizara como un cínico estandarte.
Freud en el Fútbol
Un amigo mío que regresó de Buenos Aires, me
informó que allá todo el mundo tiene su psicoanalista. El
psicoanalista se hizo tan necesario y cotidiano como una novia. Y la persona
que, por cualquier razón eventual, deja de verlo, de oírlo, de
olfatearlo, permanece incapacitado para los amores, los negocios y las juergas.
En suma: -antes de esos actos gravísimos, como ser el adulterio, el
desfalco, el homicidio o las simples y cordiales tiradas de manga, tanto la
mujer como el hombre practican su psicoanálisis. El ejemplo de la
Argentina me lleva a pensar en el Brasil o, más exactamente, en el
fútbol brasilero. De hecho, el fútbol brasilero tiene todo, menos
su psicoanalista. Se cuida la integridad de los tobillos, pero ninguno se
acuerda de preservar la salud interior, el delicadísimo equilibrio
emocional del jugador. Y, entre tanto, vamos y venimos:- ya sería hora de
atribuirle al goleador un alma, que tal vez pueda ser precaria, es cierto, tal
vez perecedera, pero que es irrefutable. La hinchada, la imprenta y la radio dan
importancia a pequeñísimos ymiserables accidentes. Por ejemplo:
una insignificante distensión muscular desencadena una avalancha de
comentarios. Pero ningún periódico o periodista jamás se
ocuparía de un dolor de codo que esté aquejando al jugador y lo
incapacite para tirar un corner. Miren ustedes:- tienen un diligente y efectivo
equipo médico que soluciona desde un ordinarísimo catarro hasta
una tuberculosis bilateral. Sólo no existe un especialista para
resguardar la lacerante fragilidad psíquica de los equipos. En
consecuencia, el jugador brasilero siempre es un pobre ser en crisis. Para
nosotros, el fútbol no se traduce en términos técnicos y
tácticos, mas puramente emocionales. Basta acordarnos de lo que fue el
partido Brasil-Hungría, que perdimos en el Mundial de Suiza. Yo digo
"perdimos", Ày por qué? ÀPor la superioridad técnica de los
adversarios? Absolutamente. Del mismo modo creo que en técnica, brillo,
agilidad mental, somos imbatibles. Pero es la verdad:- antes del partido con los
húngaros, estábamos derrotados emocionalmente. Repito:- fuimos
derrotados por uno de esos temores obtusos, irracionales y gratuitos. ÀPor
qué ese miedo bestial, ese pánico salvaje, por qué? Ninguno
sabría decirlo. No se trató de un accidente individual:- era una
derrota colectiva. Naufragaban, ahí, los jugadores, los hinchas, el jefe
de la delegación, la delegación, el técnico, el masajista.
En esas ocasiones falta lo principal. Estuvieron en sus puestos los jugadores,
el técnico y el masajista. Mas quien gana el partido es el alma. Fue
nuestra alma abatida la que se enfrentó a Hungría; fue nuestra
alma abatida la que se enfrentó a Uruguay. He aquí la pregunta:-
ÀQué entiende acerca del alma un técnico de fútbol? No es
un psicólogo, no es un psicoanalista, ni siquiera un padre. Por ejemplo:
- entiendo que en el partido Brasil-Uruguay un Freud hubiese sido mucho
más eficaz a la entrada del campo de juego, que un Flavio Costa, un
Zezé Moreira, un Martín Francisco. En Argentina, no existe una
Bovary, una Karenina que no pase antes del adulterio por su psicoanalista. Pues
bien:- en aquel momento podríamos haber sido campeones del mundo, si el
equipo hubiese visitado previamente, a su psicoanalista, durante diez
años. Sí, mis amigos:- yo conocí a un comisario de
policía que leía mucho X-9, mucho Gibi. A todo aquel que se le
cruzaba , le hacía el mismo comentario erudito:- "ÁFreud
explicaría eso!". Si atropellaban a un perro, si una gata gemía
más de lo tolerado, si una gallina se equivocaba de gallinero, él
decía:- "ÁSólo Freud explicaría eso!". Hago mías las
palabras de la autoridad:- Sólo Freud explicaría la derrota de
Brasil frente a Hungría, de Brasil frente al Uruguay, y, en suma,
cualquier derrota del hombre brasilero en el fútbol y fuera de él.
Nota: Hungría 4- Brasil 2, el 27-06-1954, en Berna. Uruguay 2- Brasil 1,
el 16- 07-1950, en Maracaná, Brasil.