Historia de un Plagio Célebre
Raúl Rossetti
El sábado 10 de junio de 1995, apareció en el periódico holandés TROUW, un extenso
artículo firmado por el escritor Herman Franke, destinado a dilucidar la
autenticidad del famoso poema de Pieter van Eyck (1887-1954) titulado El
Jardinero y la Muerte. Se trata de un poema sumamente popular en Holanda y
algunas estrofas se pueden ver reproducidas en salas de esperas y otros lugares
públicos, siendo su tema algo sumamente apreciado para la mentalidad calvinista,
sostenida por el alto valor de la predestinación. Pero no sólo para ellos: es en
una Antología de Historias Sufis seleccionadas por Idrih Shah, donde me
encuentro con el meollo del largo y muy famoso plagio que el autor del artículo
tituló; De Onsterfelijkheid van Van Eyck (La Audacia de Van Eyck). Pertenece a
un autor anónimo persa del siglo Xlll. Resumiré la investigación de Franke: En
el libro Obabakoak del escritor vasco Bernardo Atxaga, figura la historia que el
poeta holandés Van Eyck inmortalizó en su célebre poema. Llamándole
poderosamente la atención, el autor del artículo llama por teléfono al vasco y
le pregunta de dónde había sacado el tema. "Lo leí hace mucho en una
recopilación de cuentos breves de Borges, no recuerdo el nombre". Rápidamente se
comunica con Robert Lemm, el traductor y más serio conocedor de la obra de
Borges en Holanda, y así descubre que el aplaudido poema de Van Eyck no es más
que una exacta copia de la historia que "el gran ganador del Premio Nóbel Jorge
Luis Borges" (sic), incluyera en sus "Cuentos Breves y Extraordinarios"
publicado en 1953. "Por supuesto" -se apresura a aclarar- "con su seriedad y
rectitud habitual Borges no esconde el origen, aclarando que pertenece al libro
Le Grand Écart que Jean Cocteau publicara en 1923".
El poema en cuestión, cuyas frases, nombres propios y tema son idénticos a la
historia original, fue publicado en Holanda en 1926. Lo conoció el poeta
oralmente o lo copió sin problemas de Cocteau para transcribirlo exactamente?
Las dos cosas son posibles, y en ambos casos no son otra cosa que un tremendo
plagio. Por supuesto, el poema es tan maravilloso como la historia original.
Cabría preguntarse, entonces, si tan terrible es caer en el tentador vicio del
plagio. Atxaga, el escritor vasco que modificó la historia recogida por Borges,
dice que no, que toda literatura es plagio, que cada escritor va repitiendo lo
que ya se dijo; incluso nos enseña las reglas fundamentales a seguir para
conseguir un buen plagio: 1) Tomar un texto clásico que ya nadie
lee. 2)Pasarlo a otro tiempo y otro lugar. 3)Cambiar los nombres propios y la
persona del relato. 4) Enmascarar la narración de tal manera que los perezosos
periodistas, dedicados a una árida y obsoleta actividad, no lo reconozcan. Si
así fuera, entonces, Van Eyck no sería más que un plagista amateur al copiar
textualmente, sin cambiar nada, ni palabras ni historia. Lo extraño es que el
holandés no sólo tomaba muy en serio su actividad de poeta, a la que le
adjudicaba un valor de medium entre la palabra y Dios, sino que además aspiraba
un día a tener el talento suficiente para llegar a ser un lider espiritual. Fue
profesor de literatura en la Universidad de Leiden, dirigió una revista
literaria y formó parte de "la generación del 90", muy importante en la poesía
holandesa ya que renovó a la de los impresionistas de 1880. Estos escritores
trabajaban por "un arte espiritual", distanciados del "arte para el pueblo" al
afirmar que la gran vida espiritual nunca es para la mayoría. "La actividad del
poeta es encontrar y trasmitir la vibración divina, el aliento primordial y
omnipresente, a lo Spinoza", afirmaba Van Eyck, quien, paradójicamente, llegó a
las masas y a la inmortalidad con esta poesía, una parábola que además no le
pertenece. También está el hecho de que el escritor debía sentir horror por los
plagios, ya que en una ocasión denunció públicamente a un tal Collenbrander por
plagiar a un colega belga, quien había escrito un ensayo sobre Guillermo de
Orange. Es muy claro que no debería haber tirado la primer piedra. La antigua
historia sufi que encontré en una antología del Instituto Árabe de Buenos Aires,
fue la misma que el holandés popularizó en su país. Esa total falta de ética,
ese hurto innoble e indigno, no quedaría justificado, con el tiempo, por la
difusión de la poderosa belleza que encierra la parábola? Quizá sí, quizá los
nombres poco importen y puedan ser intercambiables. Como decía el gran Premio
Nóbel Jorge Luis Borges, "Ya no recuerdo si fue Abel o Caín quien mató a su
hermano".

EL GESTO DE LA MUERTE
Un joven jardinero persa dice a su príncipe: -Sálvame! Encontré a la Muerte
esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera
estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el
príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: -Esta mañana, por qué hiciste a
nuestro jardinero un gesto de amenaza? -No fue un gesto de amenaza -le responde-
sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo
tomarlo esta noche en Ispahan.
Jean Cocteau, Le Grand Écart citado en Cuentos Breves y extraordinarios por
Borges y Bioy Casares Losada, Buenos Aires, 1953.