AMSTERDAM SUR / EL PEREGRINO DEL ABSOLUTO: LEON BLOY

EL PEREGRINO DEL ABSOLUTO: LEON BLOY

  • Robert Lemm

      Soyez beni, mon Dieu, qui donnez la souffrance comme un divin remede a nos impuretes.
      Baudelaire

      El cristianismo español del siglo de oro era tan intransigente como místico. Por un lado produjo la Inquisición, por otro los autos sacramentales y las obras fervorosas de Luis de León, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y muchos más. En el siglo dieciocho, el de las "luces", le llamó la atención al padre Feijoo - el pensador por entonces mas destacado de su país- que el español ya no reflexionaba sobre la fe. Un siglo mas tarde, el cardenal Newman -doctísimo inglés, converso del anglicanismo- observó que a los españoles se los puede dividir en creyentes obedientes y los que se comportan como si Dios no existiera. Miguel de Unamuno confirmaba, entrado el siglo veinte, que la religión en España, mas que una íntima disposición del espíritu, había venido a ser un chibolete social para distinguir a unos de otros; la filosofía hispana, concluyó, "parece rehuir el tema religioso." En materia de fe, el literato ibérico se muestra a veces tradicionalista y a menudo indiferente, pero jamás ni apologético ni herético. La hispanidad ilustrada no ha engendrado ni un Hume ni un Berkeley, ni un Diderot ni un De Maistre. Los últimos tres siglos dejaron a Dios tranquilo. La única excepción, hasta que yo sepa, es el mismo Unamuno.
      La así llamada "literatura católica", denominador aún vigente en los años cincuenta, solía incluir sin discriminación a todos los escritores latinos. De los españoles e hispanoamericanos se ha dicho que eran un poco como el valle-inclanesco marqués de Bradomín, o sea de un catolicismo sentimental. Yo propongo para sentimental el adjetivo "decadente". Me parece que los muy mentados Ramón del Valle-Inclán, Gabriele d'Annunzio, Eca de Queiroz y J.K. Huysmans constituyen el núcleo de la novelística decadente del fin de siecle . Y tal como el modernismo iba a persistir en el posmodernismo, el decadentismo se ha prolongado en un "posdecadentismo". Pueden servir aquí, por escasez de representantes hispánicos, Julien Green, Graham Greene, Anthony Burgess como ejemplos ilustres. Para todo decadente, la religión se reduce a lo decorativo. Una vez desvanecidas las bambalinas, queda lo plenamente pagano. Y lo pagano, investido con el nombre de Cultura, justifica hoy a todo lo que se sustrae a las meras leyes del Mercado.
      El católico escritor francés León Bloy, que murió en 1917, no fue un decadente, aunque lo hayan encasillado como tal. Tomaba a la religión tan en serio como el más austero monje español del siglo dieciséis. Por supuesto, ni la crítica ni la iglesia toleraron semejante "anacronismo". Los más sinceros han elogiado su coraje y su estilo sublime, pero falto la influencia para darle el lugar en la literatura que merece. Huysmans, en gran parte su discípulo, llego a ser célebre, pero si se compara A rebours (1884), su novela más nombrada, con Le désespéré (1886) de Bloy, salta a la vista la preeminencia de la última. La primera ostenta una prosa esteticista; la de Bloy es una auténtica flagelación. Si la posteridad lo perdió de vista, es porque cada nueva moda crea sus propios precursores, y las generaciones que surgieron despues de la muerte de Bloy, fueron demasiado dadas al experimento formalista como para apreciar la bohemia sagrada de éste. Preferían la postura meramente provocadora de Lautreamont, la aventura salvaje de Rimbaud, el hermetismo de Mallarme, el ornamentalismo sin compromiso del susodicho Huysmans. Bloy recordaba precisamente lo que los modernos deseaban ignorar.
      Como Unamuno, era profeta. Con Dostoyevsky compartía la pasión, la tortura, el sufrimiento. Podía bramar como Nietzsche. Era más que sólo un literato. Se sentía llamado a rescatar a los últimos justos del inevitable derrumbe moral que venía presintiendo desde su despertar a la literatura, por los años ochenta. Recurría a una aparición de la Vírgen en 1846, el mismo año de su nacimiento. Este suceso tuvo lugar en un pueblo montañoso llamado La Salette y fue silenciado por la iglesia; según Bloy, porque el mensaje de la Madre de Dios era muy duro para los dignatarios eclesiásticos. Si ellos no se comportaran de acuerdo con el Evangelio, el brazo del Hijo, levantado por ella, acabaría por aplastar a Francia. Bloy ha interpretado varios acontecimientos en el transcurso de su vida como manifestaciones de la profecía de La Salette. Entre ellos, la guerra de 1871 con Prusia, en que servía de francotirador (del otro lado servía Nietzsche de enfermero), y la guerra mundial que estalló en 1914. Veía en los alemanes el azote de Dios, desatado por las transgresiones de los franceses, como el materialismo, la falta de caridad y, sobre todo, el pecado contra el Espíritu Santo. Dios estaría dispuesto a perdonar prácticamente todo, menos la apostasía.
      El ambiente literario de París, no pudo mas que formar un enorme desafío para Leon Bloy. Los dioses que imperaban allí durante las últimas décadas del siglo pasado, fueron sus enemigos declarados. Como don Quijote, él mismo les declaró la guerra: Víctor Hugo, los hermanos Goncourt, y más que nadie, Emilio Zola. El autor de L' Assomoir , Nana y J'Accuse fue para el Mendigo Ingrato, como Bloy se apodaba, la quintaesencia de la trivialidad, el neopaganismo personificado. Por otro lado, se sabía respaldado por Barbey d'Aurevilly (Les diaboliques ), Villiers de l'Isle Adam (Contes cruels ) y, al principio, por J.K. Huysmans. Todos ellos se opusieron a la tiranía del naturalismo, que proclamaba que el hombre es un animal determinado por factores geográficos, históricos y sociales, quitándole así el alma y rebajándolo a instinto encarnado. Los opositores del naturalismo se sintieron herederos de Charles Baudelaire, quien - en contra del Hugo convertido en bufón de la burguesía - había asumido el papel de voz en el desierto, denunciando a la clase arribista emergida de la Revolución de 1789, resignándose al doloroso desconocimiento y hasta a la recriminación de blasfemo satánico ( de la que esperaba ser absuelto por los serafines del Arte y de la Sinceridad.)
      Con Baudelaire se produjo una escisión entre la oficialidad y el artísta. A éste ya no le quedaba más camino que la bohemia. Que irían a sobrar los bohemios falsos, se entiende. Los más inocentes, preferían la admiración de cuatro entendidos a cuatrocientos mil aplaudidores (o compradores) imbéciles; los ya más culpables, adolecieron de herostratismo o ansia de inmortalidad por la infamia. Leon Bloy es de los muy pocos santos.
      Persevero en el doble papel de látigo y lacerado hasta su último suspiro, y sin enloquecer, como Nietzsche. Nadie como Bloy ha hecho del dolor una vocación. El héroe desesperado de su novela más conocida, Cain Marchenoir, lucha como un poseso contra el menosprecio del padre y la frialdad social, tomando el sufrimiento como un medio para expiar sus propios pecados y aún los de los demás. El Desesperado es muy diferente de las novelas existencialistas o modernistas, cuyos protagonistas suelen inculpar a la humanidad sin tener en cuenta las propias deficiencias, amén de carecer de una conciencia que justifique la actitud de acusador. Un tipo como Marchenoir es rarísimo en la literatura europea, salvo en la obra de Dostoyevsky o Unamuno.
      En el Diario íntimo del vasco se lee: "Al librepensador, al demoledor, al que rechaza toda ley y toda tradición, le maldicen unos y otros le aplauden, pero lo admiran todos. No admiran menos a Proudhon los creyentes que los incrédulos, el satanismo les atrae. Pero al que vuelve a su fe de nino y se humilla y se somete y mostrando sus flaquezas repite una vez mas la eterna canción de los predicadores de la verdad, los incrédulos le compadecen y tratan de enfermo y supersticioso y los creyentes no le aprecian, atribuyéndolo todo no a Dios siquiera, sino a sí mismos y haciendo de la conversión arma de combate y motivo de mortificación. Y dicen: claro est‡! Si no pod’a ser por menos...Ábah! al fin y al cabo tienen que venir, aunque sea en el lecho de muerte. Y así queda abandonado de los hombres, que es el modo de que tu, Senor, no le abandones." Este párrafo parece escrito para Bloy.
      Quien busca hoy en dia las novelas y cuentos, los ensayos y sobre todo el impresionante Diario de Bloy, que consiste de ocho tomos vividos abarcando el período de 1898 a 1917, tiene que recorrer las laberínticas librerias de segunda mano (como en el caso del injustamente olvidado Rafael Cansinos-AssŽns en Espana.) Se dice que la posteridad es una superposición de minorías; que por regla general, los que en un momento gozan del favor de la mayoria del publico, los escritores favoritos de una edad, pasan pronto; la generación subsiguiente los olvida, y en cambio hay quienes son queridos y apreciados por una permanente minoría. Por plausible que suene esta consolación, están los que continúan omitidos. No estoy tan convencido de que el tiempo ajuste cuentas. Sólo la eternidad hará justicia. Leon Bloy, llamado el peregrino del absoluto - título del sexto tomo de su diario -, sería el primero en afirmar esto. Sabía, como Dante, que la fama no salva al artísta.
      Adivinaba un diseño secreto en su carrera de autor llena de las mas increíbles contiendas con editores y censores, de humillaciones e indigencia, de amistades inesperadas y traiciones amargas. Fueron circunstancias en las que cualquiera hubiera sucumbido. Desde las páginas del Diario y las novelas - entre las que urge mencionar, a parte de El desesperado , La Femme pauvre - nos habla un hombre con una conciencia que hoy en día sería una rareza: no una "psique", sino un "alma". La visión de Spengler en La decadencia de occidente (1917) es en cierto sentido una prolongación de la de León Bloy. Ambos dan testimonio de la desaparición gradual del individuo - por lo que entienden el hombre original, el hombre que es sí mismo - en favor del hombre masa, que es un producto de modelos impuestos. Bloy ve surgir al último en la guerra de la que no vera el fin. La índole de esta guerra, más tarde llamada "la primera guerra mundial", fue bien diferente de las anteriores. Y no tanto ( aunque también) por el fenómeno "apocalíptico" de los aviones roncantes, las bombas destructoras, el gas venenoso y otras innovaciones técnicas ( saludadas con entusiasmo increíblemente frívolo por los futurístas, los dadaístas y otros vanguardistas), sino por la noción hasta entonces desconocida de lo absurdo. Por primera vez en la historia podían morir cincuenta mil hombres en pocas horas. No sabían ni por que caían ni quienes los mataban. La muerte honrosa en el campo de batalla había dejado de existir. El pobre heroísmo que le queda al soldado consiste de hoy en adelante en aguantar el frío y el hambre nomas, mientras que a su espalda, en la ciudad, los negociantes se aprovechan del caos abstracto.
      Nace el mercantilismo internacional, se apaga el sentimiento patriótico. Bloy percibe en 1917 la supresión de la conciencia cristiana, consecuencia final de la profecía de la Salette. "La Fe está tan muerta que uno se pregunta si jamís vivió", apunta en el penúltimo tomo de su diario, En las tinieblas de 1917. Murió en vísperas de la revolución comunista y del imperio del Dinero. Anuncio el dominio de la mayoría infantil y viciosa, enganada por demagogos y políticos. Previo a Céline. La segunda guerra mundial ha confirmado su visión. El hombre posmoderno, al que previó también, carece de sentido moral y de libertad para actuar; no es ni bueno ni malo; es pequeño y mediocre, supeditado a los mecanismos sociales y a los intereses comerciales. Al escritor posmoderno lo definió como un vendido, un prostituto de su talento. Al lector de León Bloy le espera un espejo duro. No hay infelicidad mayor que la de no haber llegado a ser santo - dijo una vez -, sentencia que con veneración han recogido Jorge Luis Borges y Marguerite Yourcenar.